C3rb3rus

Caminaba por las sombrías calles del Distrito 19 de Seattle, rumbo a mi segundo día en la oficina tras mi regreso, cuando una notificación apareció en mi PDA. Se me había concertado una reunión a primera hora con Dolores Tanaka, directora de ORBIS y, más importante aún, mi jefa. Mierda, aún no me sentía preparado para tener esa charla. Bueno, tampoco valía la pena tratar de evitarla; esa mujer cuando se proponía algo era implacable. Aceleré el paso; lo último que quería hacer ahora era llegar tarde y que me echase una de sus conocidas charlas sobre comportarse como un profesional.

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./abort_hibernation.sh

Es curioso como las emergencias tienden a arruinarme el final de mis jornadas. Me disponía a salir de la sede central cuando escuché una voz de mujer llamarme a voces. Me giré y vi a Aliyah corriendo hacia a mí con una sonrisa de oreja a oreja. Ugh, eso solo podía significar una cosa…

―Me parece que esta noche nos vamos de fiesta, AC. La jefa quiere que vayamos al centro de investigación de Icarus del Distrito 16 echando hostias. Es una urgencia.

―¿Qué clase de emergencia ocurre un jodido viernes pasadas las 9 de la noche? ―la pregunté exagerando mi enfado.

―A mí no me preguntes. Solo sé que ya deberíamos estar volando hacia allí, así que mueve el culo.

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El peor monstruo

Otra jornada que termina. Ha sido un día ideal. El trabajo que siempre he deseado, mi labor siendo valorada muy positivamente, agradables y divertidas conversaciones con gente extraordinaria, una comida exquisita, una sesión de ejercicio muy satisfactoria y, para culminar, una ducha relajante. Todo esto con una sonrisa en el rostro. Me siento en sofá y la escucho. La bestia empieza a aullar.

Un escalofría recorre mi espalda en mitad del silencio. No puedo escapar de él. Todas las noches viene a mi encuentro, no me deja huir. No quiere que sea feliz. Me lanza su conjuro y empiezo a derrumbarme. Le odio. Quiero clavarle agujas hasta acallarle. Quiero paralizarle con productos químicos. Quiero confundirle con el alcohol. Pero si quiero una victoria real le debo derrotar por mi mismo.

Fracaso. Vacío. Soledad. Falta de realización. Esa es su maldición.

Él es mi mayor enemigo.

Él es el peor monstruo.

Él es mi cerebro… y él soy yo.

 

Ajustes nocturnos

El Sol comenzaba a ponerse por el horizonte. Hora de calibrar el pálido astro. La Gran Mecánica Cósmica rebuscó por su abarrotado escritorio hasta dar con su Espejo de Viaje. El reverso dorado la llevaría al Laboratorio del Sol, el plateado daba al Templo de la Luna.

Miró su reflejo en el plateado objeto y sintió el refrescante brillo previo a la desmaterialización. Un chasquido de cristal roto. Algo va mal. La ancestral tecnomaga comenzó a caer impregnada en ardiente energía. Se precipitaba sobre lo ríos de corrosivo ácido del She’ol, hogar de la titánica Lombriz Que Todo Engulle.

Este es un microrrelato de 99 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Julio.

La fascinación de la polilla

Desperté confusa y magullada en medio de la absoluta oscuridad. La base de mi nuca palpitaba dolorosamente, origen el dolor que se extendía por todo mi cráneo. No recordaba cómo había acabado así. Mis ojos se iban ajustando lentamente a la falta de luz, pero aún así no era capaz de distinguir nada de mi entorno. Recuerdo que en ese momento solo tenía una pregunta en mi mente. “¿Dónde estoy?”.

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Danza macabra

Muebles cubiertos de polvo, las paredes descoloridas, el aire apestando a putrefacción y el sonido de las ratas correteando por el interior de las paredes. Así halló Marco el que había sido su hogar, meses antes de ser llevado a la prisión reconvertida en zona de cuarentena. De poco sirvió que le encerraran allí junto a decenas de infectados más, la plaga a la que llamaban la Nueva Peste Negra se había extendido de forma incontrolable por los canales de Venecia, una ciudad ahora aislada del resto del mundo por orden expresa del rey Vittorio Emanuele III. La ciudad se sumió en el caos y los nuevo habitantes de la prisión fueron dejados en el olvido, mientras en el exterior las fuerzas del orden se veían sobrepasadas por la magnitud de la catástrofe. La antiguamente Serenísima República era ahora una anarquía guiada por la desesperación.

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Noche en el Grail’s Club

Aquella era una gran noche para el Grail’s Club. La élite más exquisita de Londres se reuniría en el local y disfrutarían de una cena única, rodeados de un ambiente como nunca antes se había visto. ¿Las normas? Cada uno llevaría puesto el antifaz que se les haya hecho llegar y se referiría a si mismo y a los demás por el alias que se les había asignado. Dos simples normas, a partir de ahí todo estaba permitido. Se notaba cierta alteración en el ambiente de la ciudad a lo largo de aquel día, como si predijese que aquella iba a ser una noche especial y emocionante. El afortunado hombre encargado de ser el anfitrión de tan suntuoso evento no era otro que el llamado Mr. Velvet, el recién proclamado regente del club proveniente de tierras europeas. Esta noche sería su acto de presentación a la alta sociedad londinense y se aseguraría de que fuese una noche que jamás olviden.

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