Caída

La siguiente entrada forma parte de  ‘Historias de los que aman la Humanidad’, un conjunto de relatos cortos pensados para ser leídos con cierto tema musical del fondo. La canción seleccionada para ‘Caída’ es ‘North Cormorant Obscurity’ de Rykard.


Nariz sonrosada, coronada por dos ojos esmeralda con un brillo travieso que oculta la mente despierta que se oculta tras ellos. Tu pelo castaño, siempre revuelto. Una boca y frente demasiados expresivos para tu propio bien, reflejos perfectos de aquello que ocurre en tu cabecita. Esa era la imagen, tú imagen, que veía mientras mi cuerpo se alejaba flotando en la oscuridad espacial.

Con la Ark 19 cada vez más distante de mí, solo me quedaba la esperanza de adquirir una trayectoria rumbo al que había sido nuestro hogar por tanto tiempo y poder verte una vez más. Pero nada de eso iba a ocurrir. Jamás iba a llegar a la Tierra flotando sin impulso, jamás sobreviviría a la entrada en la atmósfera y, sobre todo, aunque superara esos imposibles escollos, jamás me dejarían verte. Esa es la razón por la que huimos, Tammy. Por mucho que nos pese.

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Te ofrezco plomo y azufre

Estás leyendo estas palabras, así que entiendo que quieres saber quién demonios soy en realidad y conocer el porqué de tanta sangre derramada por estas tierras. Aunque estoy seguro que de esto último no hace falta que te explique mucho, ¿verdad? Aún así, esta es mi historia. Espero que con ella aprendas a temerme.

Todo comenzó en el irrelevante pueblucho de Old Haven, con el que hace segundos había sido mi verdugo yaciendo en el suelo a mis pies mientras le arrebataba su gastado revólver. La pequeña multitud que conformaba el público de mi ejecución estaba paralizada observándonos sobre aquel maltrecho patíbulo. El sheriff, aún confuso, levantó su mirada para encontrarse con mis ojos. Tragó saliva; sabía lo que le iba a ocurrir a continuación. Apunté con mi recién adquirida arma a ese patético hombre y apreté el gatillo, provocando una explosión de sesos y trocitos de cráneo. Bien, el arma estaba lista para la batalla.

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Nación neumática – Capítulo II: Bienvenido al funcionariado

Había pasado la noche en vela. Le había llevado bastantes minutos procesar el contenido de aquél mensaje; se le llamaba a formar parte del funcionariado de Nación Vapor, de forma obligatoria. No le preocupaba el hecho de pasar a ser un empleado del estado sino al área que le destinaban; siempre que se había imaginado abriendo un sobre de estas características eran el Instituto de Investigación Nacional o la Gran Factoría sus destinos, no una agencia desconocida que formaba parte del Departamento de Inteligencia. ¡Era artefactista, no espía!

Una vez recuperó cierta compostura, escribió un mensaje a Vadil pidiendo disculpas pues no iba a acudir en su ayuda mañana debido a un imprevisto inevitable. Tras introducir el cilindro con el mensaje en el compartimento-receptor y teclear el identificador de su amigo, Harkanios se retiró a su cama, a sabiendas de que su inquieto cerebro no le iba a dejar dormir. Y así fue, no cesaron de asaltarle todo tipo de preguntas. ¿Sería todo esto una gran equivocación? De no ser así, ¿por qué la Junta de Selección le había escogido para un puesto en Inteligencia? ¿Acaso estaba siendo víctima de una estafa que le iba a llevar de cabeza a un edificio lleno de ladrones? Si realmente iba a tener que ejercer en ese puesto, ¿de qué demonio le habían servido sus estudios, con todo el esfuerzo y costes que estos le supusieron a él y sus padres? Multitud de dudas y escenarios se le iban apareciendo, hasta que, con sorprendente rapidez, llegó la hora de prepararse para una jornada nada usual.

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Nación neumática – Capítulo I: Ordenanza de servicio

Como ya comenté en mi anterior entrada, he comenzado un nuevo proyecto que en principio va para largo. A pesar de que ya mostré en dicha entrada  los primeros parráfos del primer capítulo, he pensado que sería interesante publicar el primer capítulo al completo por si hay algún tipo de feedback respecto a la historia, la forma de narración, el mundo… lo que sea. A continuación dejo el primer capítulo de la historia de “Nación neumática”. Creo que es bastante breve, así que espero que no se haga muy pesado.

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II. Un días más en el puerto

Este es el segundo capítulo de la historia “Hueso y aceite”. Recomiendo encarecidamente leer previamente su capítulo previo.


Envuelto en un revoltijo de sábanas y bañado por el sudor, Olly se despertó en su habitación. Sentía su cuerpo dolorido y la cabeza le daba vueltas. Se tocó la frente para asegurarse de que no tenía fiebre, pero no parecía darse el caso, de hecho estaba incluso algo fría. Se levantó de la cama improvisada en el suelo y se asomó por la pequeña ventana de su habitación. «¡Rayos! Ya es casi mediodía», se sobresaltó al ver el Sol en lo alto del cielo.

Rápidamente, sacó de su cofre una muda de ropa relativamente limpia y se cambió las prendas. Cuando bajaba a la segunda planta del edificio usando la escalera de cáñamo, recordó lo ocurrido la noche anterior cuando jugueteaba con el hueso grabado. ¿Habría sido esa extraña luz emanada por el artefacto un sueño o realmente lo presenció? Sintió una cierta intranquilidad pero se sacudió las dudas de la cabeza; tenía que conseguir algo de dinero o no podría soportar la idea de volver a depender de los hermanos para comer. Cruzando la puerta de madera podrida del portal del edificio, salió a unas calles iluminadas por la tenue luz solar que se filtraba entre grisáceos nubarrones, el típico clima veraniego de Blackport.

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El entierro

Apuró el cigarro con el sonido de fondo de la fuerte lluvia golpeando contra las ventanas de la oficina. La mudanza ya estaba casi completada, a falta de ordenar unos cuantos archivadores y colgar varios cuadros.

Estiró sus extremidades y se levantó a por el té que tenía preparándose. Se sirvió un taza y volvió a sentarse frente al viejo escritorio, cubierto de informes de antiguos testimonios, entrevistas e informes policiales que había acumulado con el paso de los años.

Encendió otro cigarro, dio un trago al té y retomó la inspección de los documentos que tenía ante sí. Extendió la mano y cogió uno al azar. Al verlo, le invadió una sensación de nostalgia. Recordaba perfectamente la emoción sintió hace doce años, siendo aún un joven estudiante de la universidad,  cuando tuvo en su mano estas hojas.

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Vientos negros

Un escalofrío recorrió su espalda a pesar de su gabardina. Sujetando con su brazo izquierdo la última caja repleta de libros y archivadores, abrió la puerta de su nueva oficina y se refugió en ella de la fría niebla londinense.

Depositó la pesada caja sobre el viejo escritorio y por fin observó con calma su adquisición. Un pequeño y polvoriento estudio con un amplío sótano; perfecto para almacenar la ingente cantidad de informes, almanaques, archivos y libros con los que trabajaba. El despacho principal era simple y acogedor, conservando a su vez un aura de antigüedad que le agradaba.

Aún tenía mucho que hacer: instalar estanterías y archivadores, decorarlo un poco, limpiar el polvo y colgar el cartel a la entrada. Mas no era el momento para estas cosas; se merecía un pequeño reposo. Encendió la lampara de aceite del escritorio y se dejó caer en su silla acolchada. Con ayuda de una cerilla se encendió un cigarrillo. Otro escalofrío.

La lluvia comenzó a golpear con fuerzas las ventanas del estudio. Se acercó a la ventana y observó la calle. Aquella no era una noche común. Vientos negros portaban presagios de fatalidad y los susurraban por toda la ciudad. Se giró de nuevo a su escritorio y sintió como la caja vibraba por la emoción de los tomos almacenados en ella ante tan funesto ambiente.

Sonrió, sus días como profesor adjunto en la universidad habían terminado. Había llegado el momento de sumergirse en la Historia Oculta escondida en la tinta y el papel de su inmensa colección.

Un rugido resonó en el corazón de Londres.