El entierro

Apuró el cigarro con el sonido de fondo de la fuerte lluvia golpeando contra las ventanas de la oficina. La mudanza ya estaba casi completada, a falta de ordenar unos cuantos archivadores y colgar varios cuadros.

Estiró sus extremidades y se levantó a por el té que tenía preparándose. Se sirvió un taza y volvió a sentarse frente al viejo escritorio, cubierto de informes de antiguos testimonios, entrevistas e informes policiales que había acumulado con el paso de los años.

Encendió otro cigarro, dio un trago al té y retomó la inspección de los documentos que tenía ante sí. Extendió la mano y cogió uno al azar. Al verlo, le invadió una sensación de nostalgia. Recordaba perfectamente la emoción sintió hace doce años, siendo aún un joven estudiante de la universidad,  cuando tuvo en su mano estas hojas.

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Vientos negros

Un escalofrío recorrió su espalda a pesar de su gabardina. Sujetando con su brazo izquierdo la última caja repleta de libros y archivadores, abrió la puerta de su nueva oficina y se refugió en ella de la fría niebla londinense.

Depositó la pesada caja sobre el viejo escritorio y por fin observó con calma su adquisición. Un pequeño y polvoriento estudio con un amplío sótano; perfecto para almacenar la ingente cantidad de informes, almanaques, archivos y libros con los que trabajaba. El despacho principal era simple y acogedor, conservando a su vez un aura de antigüedad que le agradaba.

Aún tenía mucho que hacer: instalar estanterías y archivadores, decorarlo un poco, limpiar el polvo y colgar el cartel a la entrada. Mas no era el momento para estas cosas; se merecía un pequeño reposo. Encendió la lampara de aceite del escritorio y se dejó caer en su silla acolchada. Con ayuda de una cerilla se encendió un cigarrillo. Otro escalofrío.

La lluvia comenzó a golpear con fuerzas las ventanas del estudio. Se acercó a la ventana y observó la calle. Aquella no era una noche común. Vientos negros portaban presagios de fatalidad y los susurraban por toda la ciudad. Se giró de nuevo a su escritorio y sintió como la caja vibraba por la emoción de los tomos almacenados en ella ante tan funesto ambiente.

Sonrió, sus días como profesor adjunto en la universidad habían terminado. Había llegado el momento de sumergirse en la Historia Oculta escondida en la tinta y el papel de su inmensa colección.

Un rugido resonó en el corazón de Londres.