La fascinación de la polilla

Desperté confusa y magullada en medio de la absoluta oscuridad. La base de mi nuca palpitaba dolorosamente, origen el dolor que se extendía por todo mi cráneo. No recordaba cómo había acabado así. Mis ojos se iban ajustando lentamente a la falta de luz, pero aún así no era capaz de distinguir nada de mi entorno. Recuerdo que en ese momento solo tenía una pregunta en mi mente. “¿Dónde estoy?”.

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Danza macabra

Muebles cubiertos de polvo, las paredes descoloridas, el aire apestando a putrefacción y el sonido de las ratas correteando por el interior de las paredes. Así halló Marco el que había sido su hogar, meses antes de ser llevado a la prisión reconvertida en zona de cuarentena. De poco sirvió que le encerraran allí junto a decenas de infectados más, la plaga a la que llamaban la Nueva Peste Negra se había extendido de forma incontrolable por los canales de Venecia, una ciudad ahora aislada del resto del mundo por orden expresa del rey Vittorio Emanuele III. La ciudad se sumió en el caos y los nuevo habitantes de la prisión fueron dejados en el olvido, mientras en el exterior las fuerzas del orden se veían sobrepasadas por la magnitud de la catástrofe. La antiguamente Serenísima República era ahora una anarquía guiada por la desesperación.

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Noche en el Grail’s Club

Aquella era una gran noche para el Grail’s Club. La élite más exquisita de Londres se reuniría en el local y disfrutarían de una cena única, rodeados de un ambiente como nunca antes se había visto. ¿Las normas? Cada uno llevaría puesto el antifaz que se les haya hecho llegar y se referiría a si mismo y a los demás por el alias que se les había asignado. Dos simples normas, a partir de ahí todo estaba permitido. Se notaba cierta alteración en el ambiente de la ciudad a lo largo de aquel día, como si predijese que aquella iba a ser una noche especial y emocionante. El afortunado hombre encargado de ser el anfitrión de tan suntuoso evento no era otro que el llamado Mr. Velvet, el recién proclamado regente del club proveniente de tierras europeas. Esta noche sería su acto de presentación a la alta sociedad londinense y se aseguraría de que fuese una noche que jamás olviden.

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Corazón de piedra

La lluvia de aquella noche me empapaba el rostro, ya de por si bañado por las lágrimas. Mis brazos estaban entumecidos por cargar con tan funesta y, a la vez, preciada carga. El pueblo a mis espaldas se distinguía en medio de la penumbra gracias a un puñado de faroles que bailaban sacudidos por la tormenta. Poco a poco me iba distanciando de él, rumbo al camino del acantilado que me llevaría a la cueva donde residía mi última esperanza. Hice acopio de fuerzas  y retomé mi lastimosa travesía.

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El Segundo Advenimiento

El círculo de piedras milenarias estaba bañado por la luz de la Pálida Dama.
Hileras de enmascarados en togas de ébano cercan el sagrado recinto.
Las deformes máscaras son el espejo de las virtudes sepultadas en el alma.
El gozo del tabú, la ira, los secretos perturbadores, la lujuria y la locura.
La crueldad, la gula, la venganza del débil, el orgullo, la envidia y el dominio.
Cada individuo cumple su tarea con la precisión inculcada por sus maestros.
Sus cánticos de llamada resuenan en la oscuridad de una noche silenciosa.
Convocan a la Mano, el Invocador, la Linterna, el Erudito Oscuro.
Convocan a Grimmebulin.

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Vienen las águilas

Esa mañana llegaron los nuevos inquilinos de la casa de enfrente. Un matrimonio que aparentaba rondar la treintena, ambos de buen parecer. Los trabajadores de la empresa de mudanzas pasaron horas portando los muebles y pertenencias de la pareja hasta el interior de la vieja casona. A media tarde el resonar de un par de golpes me hizo interrumpir la lectura en la que estaba inmerso. Bajé las escaleras en dirección al recibidor y atendí a los visitantes, que no eran otros que los recién llegados al vecindario. Se presentaron como Stanley y Evelyn Conner mientras me entregaban una bandejita de pastelillos caseros. Tras hablar un durante unos minutos sobre la zona y su nuevo hogar, nos despedimos cortésmente. Nunca se me han gustado las presentaciones, sin embargo la pareja me resultó afable. No vendría mal tener por fin unos vecinos amables en este barrio de hienas.

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Farándula

Los Beaufort no eran un matrimonio típico del París de 1904. Olivier y Giselle llevaban casados desde hace tres años, ambos eran jóvenes con grandes inquietudes y adelantados a su tiempo. Por un lado estaba Giselle, una mujer de veintiocho años que se negaba a acatar la posición que le había asignado la sociedad, y junto a ella su marido Olivier, de también veintiocho años, hijo de una familia acomodada y dedicado por completo a su arte: el teatro.

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