El titiritero entre las marionetas

Por fin, llegábamos al fin del camino. Tras tantos meses de arriesgadas indagaciones y aún más peligrosas incursiones, daríamos caza al origen del lamentable estado de Porto Nero.

A muchos perdimos por el camino que, sin saberlo, nos llevaba hasta él; unos arrestados, otros directamente ejecutados y un puñado derrotados por la desesperanza y la desesperación. Pero ahora sabemos de su existencia, nuestra ignorancia ya no es su escondite. ¿Quién hubiese imaginado que un sinfaz era responsable de la corrupción y el abuso poder de las élites de nuestra sombría ciudad?

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Huecos en los que yo aparecía

Impotencia es lo que siento cada vez que observo ese desastre. Un tesoro invaluable perdido para siempre, a excepción de los mementos grabados en fotografías y algún vídeo casual.

El incendio continuaba arrasando con todo, iniciado por la mano del Enemigo Invisible que prende con su cruel cerilla todas aquellas ancianas ramas grises. Un infierno de llamas impías que consumen y reducen a la nada lo que toda una vida había alumbrado. Todo momento feliz, triste, emotivo… convirtiéndose lentamente en ceniza neural.

Y te vuelvo a visitar, como cada sábado. Tus ojos delatan confusión y miedo. Susurras temblorosa.

―¿Quién eres?

Este es un microrrelato de 100 palabras para el reto ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Febrero.

Despedida

Escarcha inalterable recubre las paredes de mis entrañas. Es lo único que siento en mi interior, un frío que apaga cualquier chispa de calidez. Una muralla de permafrost que bloque mi capacidad de proyectar unos sentimientos adormecidos que buscan aflorar en mí. Una asfixiante bola de emociones que se ha atravesado en mi garganta. No me surgen la risa o el llanto; permanezco petréo, consumiéndose mi vacío interno.

Incapaz de sentir un felicidad sincera, solo queda ponerme la máscara de farsante y fingir entusiasmo por lo que ocurre en torno a mí. De esta obra teatral soy mero espectador, no actor. Siento que miento cuando estoy junto a ti, brindándote un rostro engañoso que no refleja su realidad. No quiero que mi invierno marchite tu esencia, y sin embargo aquí estoy.

Pero es obvio que yo no existo. Una despedida es lo que te debo.

Unámonos una última vez, tumbados en la cama a oscuras. Guardate tus palabras piadosas, no las merezco. Cierra los ojos y zambullete en las aguas de Morfeo. Ignora mis convulsiones y gritos, incluso la ocasional lágrima resbalando de mis ojos enrojecidos. No dudes, pues haces lo correcto. Deja que me hunda. Permíteme hundirme finalmente en mi miseria. No impidas que me rompa.

Entonces, amanecerá y con el Sol te despertarás. Yaciendo sola en la cama, pues yo solo era un sueño oscuro y lastimero. Una carga que injustamente recayó en ti. Pero ya no estoy, me he desvanecido como la nada que era.

Disfruta de un mundo más colorido, que brilla gracias a mi ausencia.

Mota en la penumbra invernal

[Disappearing Light – Kodomo]

Inaugura el año Enero, brindándonos ocasionalmente, con ayuda de sus gélidos y aullantes apéndices, unos cielos nocturnos alienígenas. Un portal a la vastedad infinita de la realidad que ignoramos. Pálidos puntos brillantes que titilan sobre nuestras cabezas mientras nuestros cuerpos se estremecen con el frío implacable.

Una incomprensible masa negra que nos sostiene la mirada y drena nuestros delirios de grandeza. Un punto de referencia sobre el que tomar escala de nuestra posición existencial. Un destructor de egos que aplasta la arrogancia humana. Un motor de sueños y fantasías, mecenas del desarrollo.

El mayor regalo que nos hizo el Cosmos.

Este es un microrrelato de 98 palabras para el reto ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Enero.

La infancia a veces tiene un precio

El rostro de Sanjay perdía color minuto a minuto. El vial conectado a su muñeca no cesaba de transportar sangre al interior de la recreativa, pero ya no podía parar. Estaba a punto de conseguirlo.

El chico hacía saltar al mago de la pantalla, esquivando los ataques de los esqueleto y contraatacando rayos mágicos. Y finalmente, aparece Drekmor, el jefe final.

La pantalla se torna negra y un fatal mensaje aparece: “ERROR DE LECTURA”. Juego averiado. Sanjay se desconecta entristecido y piensa en la sangre que iría rumbo a un continente rico, donde los niños no compran diversión con ella.

Este es un microrrelato de 100 palabras para el reto ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Noviembre.

 

Cacahuete

Desperté confuso, con la mente embotada. El cuerpo me pesaba y se negaba a obedecerme, palpitando con una sensación similar a aquella de dormirse sobre un brazo hasta convertirlo en un apéndice muerto. Me daba vueltas la cabeza y no conseguía reunir las fuerzas para abrir los párpados. Quedé yaciendo ahí, siendo arrastrado por un oscuro remolino de malestar y debilidad.

Minutos después, mis ojos cedieron a mi voluntad y se abrieron de par en par. Sabía que lugar era aquél. Cama de madera ya algo gastada, un enorme armario empotrado, estanterías con figuritas de hadas y todo tipo de mementos, una cómoda con una televisión de tubo encima y, presidiendo todo, una foto de mi difunto abuelo con mi abuela en su boda. Me calmé un poco.

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Dormir, un castigo

Apagas la luz y cierras tus cansados ojos; al fin, tu tan ansiado descanso ha llegado. Pero ya en la absoluta oscuridad y con sus garras acechando sobre tus decaídos párpados, sabes que has cometido de nuevo ese error. Tu mente se distancia de su contenedor de carne y hueso. Hora del sueño.

De nuevo en su hogar. Ambiente asfixiante que estrangula tu cordura y augura el terror de lo incomprensible. Sientes su amenaza en cada rincón de este amorfo espacio entre mundos. Te observa y percibe tus miedos y ansiedades. Debes huir.

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