Pequeñas bolsas de cebo

Tres días había pasado observando desde la ventana de su hogar el fallecimiento de Venecia. La calamidad comenzó con una titánica columna de agua que destruyó por completo la isla de Murano; una vez el agua cayó por efecto de la gravedad, solo quedó la terrible e irreal figura de un ser cuya existencia los humanos no estábamos capacitados para entender. Amenazante, pero sobre todo hipnótico.

Una fina capa de vapores misteriosos emanaba de la gelatinosa, y a la vez pétrea, piel de aquella abominación. Marco, que se había encontrado en el mercado en esos momentos, se unió a la histérica masa humana que corría en busca de refugio. O quizás solo perseguían una vía de escape al tormento psicológico ejercido por aquella demoníaca visión. Fue afortunado, pues, a pesar del pánico, logró regresar a la seguridad que le confería su hogar, una primera planta con vistas a aquella colosal amenaza.

Se aferró a la ventana y no apartó la vista de ella. El ser no se movía, a excepción de varias protuberancias bulbosas que se inflaban y desinflaban como si de pulmones se tratasen. Una estatua viviente de carne ancestral estaba asediando la capital de la Serenísima República.

Con el paso del tiempo los gritos de terror que provenían de la calle se fueron acallando hasta verse reducidos a un silencio fúnebre. Mas este silencio no duró más que un puñado de horas; el asqueante regurgitar de arcadas y vómitos comenzó a florecer en aquellas avenidas desiertas, acompañadas posteriormente de lamentos y algún que otro chapoteo en el canal. El único sonido distinto al de la propia enfermedad era el de oleadas de ratas dándose el festín de sus vidas.

Marco tenía provisiones para un par de semanas, pero su mente no paraba de recordar las caras de sus amigables vecinos. ¿Qué habría sido de ellos? Posiblemente muertos o moribundos, víctimas de los dañinos vapores emanados de aquél engendro. De hecho, creyó reconocer a la joven Julia, esquelética, grisácea y carente de labios y pelo, arrastrándose con sus huesudas manos hasta el borde del canal para arrojarse en él y terminar así con su agonía. Lágrimas de desesperación recorrieron las mejillas de Marco.

Fue en el atardecer del cuarto día cuando en los escalones de madera del edificio comenzaron a resonar un débiles pasos. Marco sintió un repentino brote de esperanza; quizás estaba condenado a morir como el resto de personas, pero al menos podría compartir su últimos días de vida con otra persona y no siendo devorado por la soledad.

Se colocó tras la puerta de entrada y esperó su momento. Se oían más y más pasitos en las escaleras e incluso en la misma planta que vivía. ¿Tanta gente podía indicar que las autoridades habían tomado cartas en el asunto? ¿Había aún razones para confiar en la salvación? No tenía respuestas a aquellas preguntas, así que simplemente esperó.

Más delicadas pisadas sobre la madera, aunque bastante numerosas. Repentinamente, un tamborileo de golpecitos sobre la superficie de la puerta. Un trago de saliva. Un temblor de manos nervioso e impaciente. Una pomo que gira para descubrir la verdad al otro lado del umbral.

Marco dió un paso atrás. No, aquello no era esperanza. No era salvación. No era humano… al menos ya no. Pequeños seres de piel cenicienta e hinchada de tambaleaban caminando hacia él. Cabezas antinaturalmente infladas con ojos dispares que se les salían de las cuencas o bien se hundían en ellas. Dientes torcidos que sobresalían tras unos labios que en algunos casos colgaban de hilillos de carne. Tembloronas barriguitas rellenas de gordas larvas pálidas. Bebés. Bebés que habían estado al cuidado de las matronas del local bajo su hogar. Los niños, adolescentes y adultos habían enfermado, pero los bebés no. Eran criaturas aún sin desarrollar, con facilidad de ser moldeadas por las fuerzas provenientes del vacío cósmico.

Marco no pudo defenderse. Tampoco quería hacerlo. Si este era el mundo que iba a quedar, prefería abandonarle. Se alejó temblando a un rincón y se hizo un ovillo. Llorando desconsoladamente. Esperando que esas criaturas aún poco diestras en el arte de caminar le dieran un último abrazo antes de extraer sus jugos vitales.

La hora del humano había terminado, pero al menos serviría de alimento a la nueva generación de moradores del planeta… por muy aberrantes que sean.

 

Me rindo porque duele

Quizás no recuerdes la ocasión en la que destruíste tu vida; permíteme refrescarte la memoria.

Derrotado por el dolor, te adentraste en los dominios del Soñador portando en un pequeño cofre de madera podrida tu corazón, atravesado por cien agujas.

Te postraste ante su ancestral presencia y le ofreciste tu despreciada carga.

―Acepta este presente, Soñador.

―Hijo, no creo que deba…

―¡Cógelo! Pues no quiero poseerlo más.

El anciano alargó su mano y guardó el contenido del cofre en su reloj eterno, emitiendo un cárnico chirrido de engranajes.

Te despertaste en tu cama, vacío por dentro. Cada minuto, una eternidad.

Este es un microrrelato de 100 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Mayo.

A los señores de traje les gusta ver el mundo arder

—Recoge tus cosas, Xin. Nos marchamos —dijo mamá.

Con lágrimas resbalando por mi mejilla, corrí a mi cuarto. Ahí estaban todas mis pertenencias: juguetes, libros, fotos… pero esos eran objetos que había allí donde íbamos. No, había otra cosa que “debía” llevar conmigo. Cogí la pequeña planta que formaba parte de mi proyecto escolar.

Una mano me agarró del hombro.

Cariño, los Dementes Trajeados están aquí. Vamossusurró mi padre con urgencia.

Corrimos junto al resto del ECO-Dome rumbo a la plataforma de aeroveleros.  Así abandonamos el planeta, viendo como el bosque ardía bajo nosotros.

Un mundo árido nos esperaba.

Este es un microrrelato de 100 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Febrero.

Desconexión neural

Las jugadas de ella eran meticulosas y reflexionadas. Las de él pura improvisación e instinto. Todos los años, en esta fecha, entraban en lid el uno contra el otro para paliar el aburrimiento provocado por el Anfitrión.

La noche se iba consumiendo y la partida cada vez se dificultaba más y más. Las capacidades de los contendientes mermaba y su embotamiento era creciente.

Desdichados, Lógica y Creatividad observaron por los dos grandes ventanales y suspiraron; el Anfitrión volvía a pasar la última noche del año pendiente de una pantallita luminosa y de una copa de veneno, ignorando sus seres queridos.

Este es un microrrelato de 100 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Enero.

Descripción morbosa

¿Qué es lo que se siente al clavar un alfiler en tu pupila? Yo te lo explicaré.

Primero, tensión. Verás como tu mano sujeta ese pequeño y puntiagudo objeto apuntando a tu ojo. Tus reflejos naturales tratarán de impedir su contacto, tus manos dudarán, tu cerebro te susurrará que pares. Mas tendrás que imponerte a estos básicos instintos y hundirás la punta en el oscuro centro de tu ojo.

Segundo, alteración. Pequeñas y numerosas motas multicolor empezarán a mostrarse ante ti, parpadeando por todo el campo de visión. Tu cuerpo aún no será consciente de que está ocurriendo, haciendo de este un momento de calma previo a la tempestad. El parpado tratará de humeder la superficie ocular, sin embargo se encontrara en su descenso una firme varilla de frío metal. Trata de mantener tus ojos abiertos, ¿no querrás hacerte daño, no? Con calma, sigue empujando el pequeño alfiler.

Tercero, derramamiento. El líquido cristalino tras tu pupila fluirá una vez rota su cavidad contenedora. El dolor te enloquecerá, pero vendrá acompañado de una oscura y sangrienta euforia. Disfrútala, pues es en estos primeros momentos cuando es más dulce.

Cuarto, nefario placer. Simplemente suelta el alfiler y entra en sintonía con la latente angustia que está gozando tu cuerpo. El sangrado interno irá en aumento y tus sistema nervioso emitirá potentes impulsos eléctricos, descontrolado. Los grilletes que atan a tu espíritu en esta vomitiva mortaja de carne se comenzarán a oxidar hasta desvanecerse.

Felicidades.

Has abierto la cerradura de tu jaula.

Sé libre.

Noche de Samedi

En la oscura y húmeda noche de Louisiana, caminaba entre árboles el Doctor LeCroix, con su ornamentado sombrero de copa y su compañero gatuno, Cimetière. Como servidor del Barón Samedi, esta noche en la que los difuntos visitan nuestro mundo debía trabajar.

Percibía como las almas de su gente, esclavos que fallecieron explotados en plantaciones, arremolinándose en torno suyo, suplicando ayuda.

Tras un trago de la poción que había preparado y una fervorosa oración, los espíritus se adentraron en el recipiente que era ahora su cuerpo, llenándolo del poder necesario para repartir unas cuantas maldiciones entre ciertos “amos” opresores…

Este es un microrrelato de 99 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Noviembre.

 

Berserker

Noto como mi sangre empieza a entrar en ebullición. La frustración se acumula en mí, alimentando la caverna en ascuas en la que se ha convertido mi corazón. Cada latido hace brotar fuego en forma de palabras de mi boca, como si fuera un dragón. He dejado de ser persona para convertirme en un berserker.

Ya no trago tus falacias, ni sigo tus retorcidos juegos. Se acabó el usar la sonrisa como escudo ante las flechas envenenadas que son tus ideas. Olvídate del dócil cachorro en el que me habías convertido, pues ahora soy un guerrero. Se acabó mi silencio.

Este es un microrrelato de 100 palabras para el concurso ‘Escribir jugando’ de El Blog de Lídia, correspondiente a la propuesta del mes de Octubre.